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Gestión del riesgo en Colombia: Lo que el sismo de Venezuela nos obliga a revisar

  • Foto del escritor: Capitán Álvaro Eduardo Farfán Vargas
    Capitán Álvaro Eduardo Farfán Vargas
  • 29 jun
  • 6 min de lectura

Actualizado: hace 5 días

Una alarma que trasciende las fronteras


Los recientes movimientos telúricos ocurridos en Venezuela han despertado una alarma legítima en toda la región.


La cercanía geográfica y las similitudes geológicas entre ambos países nos invitan a reflexionar profundamente sobre el nivel de preparación que tiene Colombia frente a eventos sísmicos de gran magnitud.


Para entender mejor nuestra realidad, no podemos dejar de recordar el terremoto de Armenia en 1999, un hito doloroso que marcó un antes y un después en la gestión del riesgo en nuestro país.


Este análisis busca ofrecer una visión objetiva, crítica y técnica, pero sin perder de vista el componente humano que subyace en toda gestión del riesgo.


 Fotografía: fuente y derechos de autor en verificación.
 Fotografía: fuente y derechos de autor en verificación.

Colombia y su realidad sísmica


Colombia está situada en una zona de alta actividad sísmica, ubicada en el Cinturón de Fuego del Pacífico, donde convergen la placa de Nazca, la Sudamericana y la Caribe.

Aunque la frecuencia de sismos devastadores no es tan alta como en otras regiones, la historia del país registra eventos sísmicos significativos: el terremoto de Popayán en 1983, el desastre de Páez en 1994 y, cómo no, el trágico terremoto de Armenia en 1999, que dejó una huella imborrable por su impacto humano y material.


Estos episodios evidenciaron una vulnerabilidad real y plantearon el urgente desafío de fortalecer los sistemas de prevención, respuesta y recuperación.


La norma frente a la realidad


En términos técnicos, uno de los pilares para evaluar la preparación colombiana está en la normativa y la construcción antisísmica.


Colombia cuenta con reglamentos actualizados, como el Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente (NSR-10), que establece rigurosos parámetros para diseñar estructuras capaces de resistir sismos considerables.


Sin embargo, persiste una realidad que preocupa: no todas las edificaciones cumplen estas normativas, especialmente en zonas rurales o asentamientos informales.


Esta brecha entre la norma y su aplicación concreta aumenta la vulnerabilidad de muchas comunidades cuando la tierra tiembla, poniendo en riesgo vidas y medios de subsistencia.


La lección del terremoto de Armenia


El terremoto de Armenia fue particularmente revelador en este aspecto.

La mayoría de sus edificaciones, construidas sin cumplir estándares sísmicos adecuados, colapsaron o sufrieron daños severos.


Este desastre sirvió como una dura lección y catalizó reformas importantes en los protocolos de construcción y planificación urbana.


No obstante, la experiencia también mostró que los avances pueden ser lentos y que queda mucho por hacer para lograr un cumplimiento universal y efectivo en todo el país.


Vigilancia y alerta: detectar no es suficiente


En cuanto a la vigilancia y alerta temprana, el Servicio Geológico Colombiano (SGC) representa un actor clave.


Su red sísmica, distribuida estratégicamente, permite detectar y analizar con rapidez los eventos telúricos.


No obstante, la cobertura aún presenta limitaciones, principalmente en zonas alejadas o vulnerables donde la comunicación oportuna puede salvar vidas.


Es necesario seguir integrando tecnologías avanzadas con estrategias comunitarias para garantizar que la información llegue con rapidez y se traduzca en acciones concretas de protección.


La capacidad de respuesta y los grupos USAR


Aquí es donde entra en juego otro gran avance que ha dado Colombia tras experiencias traumáticas como la de Armenia: la creación y fortalecimiento de los grupos USAR (Urban Search and Rescue, Búsqueda y Rescate Urbano).


Estos equipos especializados, conformados por profesionales capacitados y equipados para actuar en desastres urbanos, han mejorado significativamente la capacidad de respuesta nacional.


La coordinación entre estos grupos, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), bomberos, Defensa Civil, Cruz Roja y fuerzas militares como policiales ha permitido responder con mayor eficiencia ante emergencias, salvando vidas y mitigando daños.


Aun así, la complejidad y magnitud que implica un sismo importante demandan una preparación constante y formación permanente para optimizar la reacción ante nuevas eventualidades.


La corrupción también genera vulnerabilidad


Un aspecto fundamental, y quizá el más complejo de abordar, es el impacto que la corrupción ha tenido sobre la gestión integral del riesgo en Colombia.


A pesar de los avances normativos e institucionales, desde diferentes esferas —públicas y privadas— existen prácticas corruptas que han afectado la ejecución y vigilancia de proyectos relacionados con la prevención y respuesta ante desastres.


Casos de adjudicación irregular de contratos, negligencia en inspecciones o desviación de recursos destinados a fortalecer infraestructuras y capacidades de emergencia han limitado severamente los avances.


Esta realidad retrasa la reducción efectiva del riesgo y pone en entredicho la confianza ciudadana en las instituciones encargadas de proteger la vida y el patrimonio.


La corrupción, en este sentido, no solo representa un obstáculo administrativo o económico, sino un factor que erosiona la ética colectiva y el compromiso social con la prevención.


Para obtener avances significativos, la gestión del riesgo debe ir acompañada de transparencia, rendición de cuentas y participación activa de la ciudadanía.

Solo así será posible construir una cultura sólida que fomente la resiliencia y la seguridad para todos.


La prevención comienza en la comunidad


Desde la perspectiva social y humana, la cultura de prevención en Colombia ha avanzado, pero aún presenta desafíos importantes.


Las campañas permanentes de educación, capacitación comunitaria y simulacros han contribuido a crear una conciencia creciente sobre la importancia de estar preparados para un sismo.


Sin embargo, esta cultura no se encuentra distribuida de forma homogénea.

Muchas regiones, especialmente aquellas alejadas o marginadas, carecen de los recursos informativos y formativos necesarios para reaccionar con eficacia ante una emergencia.

Además, factores socioeconómicos que limitan la movilidad, el acceso a servicios básicos y la pobreza agravan la vulnerabilidad.


Este punto es crítico porque la gestión del riesgo no puede ser solo un ejercicio técnico o institucional; debe ser una tarea colectiva que incluya a todos los sectores de la sociedad.


El compromiso ciudadano, la capacitación constante y la conciencia ética deben caminar de la mano con las políticas públicas y la inversión.


En este sentido, las lecciones aprendidas tras el terremoto de Armenia y otros desastres ofrecen guías valiosas para fortalecer este componente humano, que es el corazón mismo de cualquier estrategia de gestión del riesgo.


Ordenar el territorio también es prevenir


La planificación territorial también desempeña un rol decisivo.


El ordenamiento del territorio basado en mapas de amenaza sísmica debe guiar el desarrollo urbano y rural para evitar puestas en riesgo innecesarias.


Aunque se han logrado avances en esta materia, la presión demográfica, la informalidad urbana y las necesidades económicas imponen retos constantes.


La expansión acelerada y descontrolada en áreas vulnerables incrementa la exposición al peligro.


Por eso, la gestión integral del riesgo debe ir de la mano con políticas de desarrollo sostenible que armonicen crecimiento y seguridad.


El sismo de Venezuela como llamado a la autocrítica


El reciente sismo en Venezuela pone en evidencia la necesidad constante de revisar y fortalecer el sistema colombiano.


Más allá de la solidaridad regional, que es fundamental, debemos practicar la autocrítica profesional y política para identificar brechas y potencialidades.


Prepararse no solo significa invertir en infraestructura o tecnología, sino también fomentar una cultura profunda y duradera de prevención, fortalecer las capacidades institucionales y garantizar la equidad territorial en la atención del riesgo.


La gestión del riesgo es un compromiso colectivo


En última instancia, la gestión del riesgo sísmico es tanto un asunto técnico como ético y social.


Proteger vidas humanas debe ser un compromiso colectivo que trascienda intereses particulares o cortoplacistas.


La educación, la participación activa de la ciudadanía y políticas públicas sostenibles son los pilares para construir un país más resiliente y preparado.


Armenia nos enseñó; Venezuela nos recuerda


Colombia ha recorrido un camino considerable desde el terremoto de Armenia, creando estructuras sólidas y grupos especializados USAR que salvan vidas.

Sin embargo, la vulnerabilidad persiste en muchos sectores, agravada a veces por la corrupción y la desigualdad.


La experiencia venezolana recientemente vivida debe motivar una revisión constante y un fortalecimiento integral de todos los componentes de la gestión del riesgo, para minimizar pérdidas humanas y materiales cuando la tierra vuelva a temblar.


La prevención sigue siendo la mejor herramienta


En conclusión, la preparación colombiana frente a un evento sísmico significativo es un proceso en evolución, que integra normativa, tecnología, cultura y organización social.

Los avances son palpables, pero las amenazas naturales nos recuerdan con crudeza que no hay espacio para la complacencia.


Solo a través de un esfuerzo conjunto, honesto y transparente podremos enfrentar la fuerza de la naturaleza con resiliencia, esperanza y la certeza de que estamos haciendo todo lo humanamente posible para proteger a nuestra gente.


La prevención continúa siendo la herramienta más poderosa para mitigar el impacto de los desastres y construir un futuro donde cada colombiano pueda vivir con mayor seguridad y confianza.

 
 
 

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