La novela de la vida: Una historia de drama, comedia y otros géneros sin clasificar
- Capitán Álvaro Eduardo Farfán Vargas

- 15 jun
- 3 min de lectura
Actualizado: hace 5 días
Una historia que se escribe sobre la marcha
Si la vida viniera con un índice, más de uno iríamos directo a las últimas páginas para ver si el esfuerzo vale la pena.
El problema —o la gracia— es que no somos espectadores haciendo binge-watching (o atracón de series) un domingo por la tarde; estamos metidos en el barro de una historia que se escribe sobre la marcha.
En las series de televisión todo encaja: el misterio se resuelve en el capítulo doce, el malo recibe su merecido y el plano final es perfecto.
En el día a día, en cambio, el guion es un caos absoluto.
Gente que querías se va sin avisar, los giros de trama te agarran cansado y los problemas no respetan los tiempos del clímax dramático.

Los protagonistas de nuestra propia historia
En la ficción, los personajes se mueven por metas clarísimas: la gran venganza, el amor de su vida o el ascenso soñado.
Pero en la realidad, la mayoría de las veces el "protagonismo" es mucho más modesto.
Hay días donde el único objetivo real es llegar a la noche intacto, mantener la cordura y estirar el sueldo o la paciencia.
Y los villanos tampoco usan antifaz ni revelan sus planes malévolos; a veces el antagonista es un imprevisto financiero, una enfermedad que no viste venir o, simplemente, la mala fe de alguien en quien confiabas.
Las alianzas también cambian
Las alianzas en este juego cambian sin que te des cuenta.
Ese amigo que iba a estar "en las buenas y en las malas" hoy se convierte en tu enemigo, mientras que un desconocido total termina siendo el que te sostiene el café mientras lloras en una sala de espera.
Cambiamos de bando, desconfiamos, nos reconciliamos.
Es incómodo, sí, pero es real.
Cuando la vida se convierte en comedia
Lo más irónico de todo es cómo se maneja el humor en nuestra propia narrativa.
Hay momentos tan absurdos que no queda más que reírse para no llorar.
Justo cuando sientes que por fin tienes la vida organizada, que descifraste el truco, el destino te suelta un guantazo que te deja recalculando.
Es ahí cuando aparece ese sarcasmo interno, esa voz que te dice:
"Vaya, parece que el escritor de este episodio me odia profundamente".
La belleza de no saber el final
Al final del día, lo que nos vuelve humanos es precisamente esa falta de certezas.
No hay una sala de edición para borrar los errores del pasado.
No existe el botón de "adelantar" cuando el dolor se vuelve insoportable.
Vivimos improvisando, metiendo la pata y arreglándola como podemos.
A diferencia de los melodramas de la televisión, aquí no hay un "Felices por siempre" definitivo que congele el tiempo.
La vida real es una sucesión de pequeños cierres de temporada y nuevos estrenos.
Somos, al mismo tiempo, el héroe que intenta hacer las cosas bien, el guionista estresado que no sabe qué pasará mañana y, a veces, el mismísimo villano que se autosabotea.
El papel que elegimos interpretar
No podemos cambiar el género de la obra ni pedir que nos reescriban el papel, pero sí decidir con qué cara salimos al escenario a actuar la siguiente escena.
Con drama, con comedia, con tropiezos y con música de fondo, la función sigue.
Y menos mal, porque una historia sin matices sería un aburrimiento insoportable.
La vida, tal como llega
Esta es la realidad de la vida, la cual, queramos o no, toca vivirla y afrontarla como nos vaya llegando cada día.
No conocemos el próximo capítulo, no sabemos qué personaje aparecerá en escena ni qué giro tendrá la historia.
Pero quizá ahí está precisamente el encanto.
La vida no necesita un guion perfecto; necesita que tengamos el valor de seguir escribiéndola.



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